Lo que el voto nos dejó

Luego de una agitada semana de militancia, contaminación visual, acaloradas discusiones y demás yerbas, finalizaron las elecciones obligatorias en la Facultad de Ciencias Sociales. Desde la Agrupación El MATE estamos muy contentos con los resultados obtenidos junto a los compañeros del Movimiento Proyecto Sur, no sólo por el voto en sí mismo, sino por lo que éste significa. Estas elecciones nos demostraron que cada año somos más los que apostamos a un cambio real en nuestra casa de estudios, entendiendo que sólo revolucionando nuestra práctica política podremos tener una universidad pública y popular.

Es por eso que a todos aquellos que nos acompañan de una u otra forma, que confían en nosotros para que este sueño de todos sea posible, queremos decirles: “Gracias”. Sabemos además también que la participación no debe agotarse en el mecanismo del voto, y por eso los invitamos a pasar por la mesa y poder discutir de nuestra carrera, nuestra facultad y nuestro país. Estamos convencidos de que desde el encuentro y la discusión sincera se empieza el camino de la transformación.

Un día tenía que terminar.

Luego de varios años de hegemonía de La Vallese en el consejo directivo –ruptura mediante, quedándose La UES con la mayor tajada de militancia, referencia y votos-, este espacio fue derrotado por El Tren, un actor que, a partir de su conformación hace un año y medio, logró construir un espacio político que representa un cuarto del total de los votos. Esperamos que los compañeros estén a la altura del desafío, entendiendo la enorme responsabilidad que conlleva participar en el órgano máximo de decisión de la facultad, con la urgencia que tiene la mejora de las condiciones cotidianas de cursada y la férrea disputa por la producción de conocimiento.

Esperamos también que se profundice el camino del Centro, que con capacidad y voluntad se abran espacios de discusión y participación a todos los compañeros de la facultad con una mirada estratégica y unificada. Aportaremos desde nuestro lugar a la construcción de un nuevo centro (como lo hicimos en la anterior gestión, reconociendo las potencialidades y limitaciones de la actual gestión) y siendo conscientes de que éste tiene entre sus más grandes responsabilidades conducir, generar consensos y luchar para resolver colectivamente las problemáticas cotidianas y estratégicas de los 30.000 compañeros de la facultad. De muestra un botón, y aparecen entonces las comisiones, cuyo desafío máximo será convertirse en espacios de participación real para todos los compañeros y dejar de ser arenas de combate donde se diriman las internas entre las organizaciones del movimiento estudiantil.

De amor y de sombras

De estas elecciones nos quedan algunos sabores dulces y otros un poco más amargos. Hoy, después de 18 años de construcción en esta Facultad, seguimos intentando hacer política desde una lógica distinta, seguimos apostando a la unidad en la diversidad, y por eso queremos hacer un fuerte hincapié en la lógica que reproducen la mayoría de las agrupaciones de la facultad: todos los compañeros que decimos pelear por la transformación, por la liberación y por la revolución, tenemos que parar la pelota y mirar el cuadro que nos pintaron estos últimos años de construcción política. ¿Cómo transformaremos, entonces, si no podemos transformarnos? ¿Cómo podemos hablar de revolución cuando no podemos siquiera poner en tensión nuestras prácticas? No es revolucionario levantar las banderas de la participación y no generar los espacios para la misma, ni lo es inundar las aulas con carteles, y mucho menos revolucionario es quemarle la cabeza a los compañeros antes de votar. Estas acciones, las más de las veces, ayudan a reforzar la mirada hegemónica sobre la política y la militancia, esa que dice que todo es lo mismo y que el esfuerzo de los que día a día peleamos por transformar nuestra realidad es un sinsentido, porque nada puede ya cambiar.

El desafío es, aquí, dar una discusión sincera sobre el sentido de la militancia, sobre lo que implica ser parte de un movimiento estudiantil que dice reivindicar las más enaltecidas banderas de lucha de nuestra historia popular, pero que a la hora de salir a la cancha -un poco por miopía propia y otro por apatía ajena- no logra escaparle a prácticas tradicionales como la contaminación visual (convirtiendo las aulas y pasillos en imágenes entre graciosas y lamentables), se reserva los mejores lugares al lado de la mesa de votación para un convencimiento relámpago de algún estudiante desprevenido, sin advertir que esto atenta contra la participación, esa herramienta inigualable de transformación que tienen los pueblos.





EL MATE

Septiembre 2009

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